Privacidad en un Mundo 3.0

Ricard Martínez, presidente de APEP

Para cuando Skynet fue consciente de su capacidad, se había esparcido por millones de servidores informáticos por todo el planeta. Ordenadores corrientes en edificios de oficinas, en cibercafés, en todas partes… todo era software y ciberespacio. No había núcleo del sistema. No se podía desconectar. El ataque empezó a las 18:18, tal como él había dicho. El día del juicio, el día que la raza humana quedó prácticamente destruida por las armas que había fabricado para protegerse.Terminator 3.

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El último decenio ha incorporado cambios sustanciales en el panorama social, en el tecnológico, y en el plano de las amenazas que afronta nuestra sociedad. Las redes sociales, las aplicaciones móviles, el Internet de las cosas cambian de modo sustancial nuestra interacción con las tecnologías de la información (TI) y definen nuevos esquemas de relación social.

Biga Data o Cloud definen nuevos modos de gestionar el entorno TI, nuevas posibilidades de servicios y negocios, e incluso retos para la investigación científica de enorme magnitud. El despegue de la nanotecnología, la robótica y la computación cuántica pueden llevar al hombre a escenarios utópicos de libertad o a la distopía de Skynet. Y todas y cada una de estas tecnologías comparten un elemento en común: requieren de un tratamiento intensivo de datos personales.

La Europa y los Estados Unidos de los años setenta tuvieron que enfrentarse a una informática cada vez más potente y en manos del Estado. Y para ello a uno y otro lado del Atlánticosurgieron normas reguladoras de la privacidad. Y lo hicieron desde el recuerdo de estados totalitarios y cazas de brujas. La aprobación del Convenio 108/1981, de 28 de enero, del Consejo de Europa fue la respuesta más sobresaliente de su época. El Convenio 108/1981 definió reglas de juego útiles para disciplinar a los sectores público y privado a la vez quecoherentes con la Convención Europea de los Derechos humanos. Tal vez por eso el 28 de enero, día Europeo de la Protección de Datos, se celebra en la práctica en todo el mundo.

 En aquella época, la Constitución Portuguesa acababa de prohibir el uso de identificadores únicos y el constituyente español aprobaba un artículo –el 18.4 CE– que ordenaba limitar los usos de la informática.Las tecnologías de la información despertaban desconfianza y miedo. Poco después, el Tribunal Constitucional Federal Alemán definía lo que allí se denominó autodeterminación informativa, lo que ahora todos conocemos como derecho fundamental a la protección de datos. La idea que lo inspira es tan sencilla como revolucionaria. Para poder vivir y tomar decisiones en libertad debemos poder controlar quien trata nuestra información personal. ¿Cómo podríamos ser libres si pensamos que cada cosa que hacemos puede estar controlada por el Estado o por una corporación? Y no se trata de un derecho meramente teórico quien trata datos personales está obligado a informar, a obtener el consentimiento, a tratar los datos lícitamente, a garantizar su seguridad y a satisfacer nuestros derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición al tratamiento.

La importancia de la privacidad

El jueves 28 se celebra el Día Europeo de la Protección de Datos en un escenario en el que la privacidad juega un papel a veces anecdótico. Sólo apreciamos su valor cuando nos falta, cuando es puesta en riesgo. Y ello confirma un viejo adagio propio de los jueces de Common Law según el cual nadie sabe definir qué es la privacidad pero todo el mundo la reconoce en cuanto se la encuentra. Parece que el tratamiento de nuestros datos personales solo nos preocupa cuando salta a las primeras páginas de los periódicos, cuando apreciamos el valor del derecho al olvido, cuando Snowden relata cómo nos espían masivamente, cuando el Tribunal de Justicia de la Unión Europea anula nuestra particular Patriot Act o nos dice que Safe Harbor ya no es un puerto seguro.

El jueves 28 se celebra el Día Europeo de la Protección de Datos

Reconocemos la privacidad en lo cotidiano de las noticias cuando la Agencia Española de Protección de Datos impone esa sanción al vecino que apuntó su videocámara a la casa de enfrente, cuando alguien roba miles de datos, o cuando descubrimos que nuestros hijos son expuestos en YouTube por los centros escolares con cierta apariencia de legalidad no discutida, o que sus juguetes se conectan a bases de datos no demasiado seguras.

Esa privacidad de crónica negra en cuyo lodo nadan algunos como en aguas cristalinas es la única que nos muestra apenas un atisbo que debería hacernos pensar. Y una vez las aguas vuelven a su cauce seguiremos instalando aplicaciones en el móvil, o registrándonos en sitios inverosímiles, aceptando pasiva e ignorantemente cuantas condiciones legales se nos impongan. Nos preocuparemos relativamente poco y, sin ser conscientes de ello, pagaremos con privacidad esos servicios. Y esto no es ni bueno ni malo, en la mayoría de las ocasiones es, incluso, respetuoso con el Derecho.

Utopía tecnológica

Sin embargo, esto no es una llamada al miedo, una propuesta de viaje hacía una misantropía pre-informática. Nada más lejos de la realidad. La tecnología abre ante nosotros un maravilloso mundo de oportunidades en todos los ámbitos. Ya nunca nadie podrá quemar la Biblioteca de Alejandría. La experiencia de saber adquirirá dimensiones insospechadas, nuevos modos de pensar en red, nuevos modelos de aprendizaje colaborativo. Como dijeron los tribunales norteamericanos “Ud. y yo, simples ciudadanos, en internet tenemos los mismos derechos que el New York Times”.

La administración electrónica debería acabar con engorrosas burocracias. Los portales de transparencia y los escenarios de participación online contribuirán a la lucha contra la corrupción y a profundizar en la democracia. Una generación de artefactos inteligentes podría hacernos la vida más fácil eliminando de cuajo molestas tareas cotidianas, Big Data abrirá horizontes insospechados en la investigación en salud…

Pero para que esa utopía tecnológica sea viable necesita que la privacidad, que el derecho fundamental a la protección de datos, proporcione las reglas básicas de convivencia. Concebir las reglas sobre privacidad como un obstáculo a la investigación tecnológica o a la economía digital constituye sin duda un gravísimo error. Como también lo es operar con criterios empresariales de pionero del Salvaje Oeste. No todo vale, no es viable hacer todo aquello que es posible, no podemos evolucionar a golpe de ocurrencia.

Y no podemos hacerlo porque en juego está nuestra libertad. Estaremos perdidos si permitimos que se comercie con nuestros datos sin límite, que nuestras preferencias sean manipuladas, que nuestra vida sea completamente indexada, que decisiones que nos afectan de modo vital se adopten a partir de nuestro comportamiento en una red social o que nuestra privacidad se sacrifique impunemente en el altar de la seguridad. Sigue siendo necesario reivindicar todo aquello por lo que lucharon los revolucionarios franceses. Si perdemos la batalla de la privacidad puede que el mundo que construyamos no nos guste, puede que entonces Gattaca, Terminator o Minority Report se cataloguen en la sección de documentales. Es necesario pensar un poco en ello antes de darle al botón de aceptar.

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Ricard Martínez, presidente de APEP

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